Corpus Christi: mucho más que una procesión


Cada año, cuando llega la solemnidad del Corpus Christi, nuestras calles se engalanan. Alfombras florales, altares, custodias, cantos y el esfuerzo de tantas personas nos recuerdan una de las celebraciones más bellas y arraigadas de nuestra tradición cristiana.

Sin embargo, las palabras pronunciadas por el Santo Padre en esta solemnidad nos invitan a ir mucho más allá de la belleza exterior de una procesión. Nos recuerdan que «el Corpus Christi no es una fiesta más del calendario litúrgico, sino un volver a las raíces de la fe para renovar el amor y la fidelidad a Dios».

Quizás ahí reside el verdadero desafío de esta celebración. Porque no se trata únicamente de conservar una tradición heredada de nuestros mayores, ni de admirar el patrimonio artístico y cultural que la rodea. Como recordó el Papa, «no se trata de una manifestación exterior, de una supervivencia folclórica o de un simple adorno estético». Lo que celebramos es algo mucho más profundo: la fe en Jesucristo vivo y resucitado, que sigue caminando en medio de nosotros, que se hace Pan para nuestra hambre de sentido, de esperanza y de amor.

Cuando Cristo sale en procesión por nuestras calles, no es Él quien necesita recorrer nuestros barrios. Somos nosotros quienes necesitamos descubrir que Dios sigue pasando por nuestra vida cotidiana. La procesión nos recuerda que «Cristo no permanece encerrado en el templo, sino que sale a nuestro encuentro». Sale para acercarse a nuestras familias, a nuestros problemas, a nuestras alegrías y preocupaciones. Sale para recordarnos que es el Dios cercano que camina con su pueblo y que se identifica especialmente con los pobres, los abatidos, los enfermos, los solos y los olvidados.

Por eso el Corpus Christi siempre ha estado íntimamente unido a la caridad. No tendría sentido adorar a Cristo presente en la Eucaristía mientras permanecemos indiferentes ante Cristo presente en quien sufre. La verdadera adoración se convierte necesariamente en servicio.

El Papa fue aún más lejos al afirmar que «no se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada». Estas palabras deberían resonar con fuerza en el corazón de cada creyente. Porque la procesión más importante no es la que transcurre por nuestras calles, sino la que debe realizarse en nuestro interior, permitiendo que Cristo transforme nuestra mirada y nuestro modo de vivir.

Las procesiones del Corpus no son una mirada nostálgica hacia el pasado. Son una llamada al presente y al futuro. Son una invitación a construir una sociedad más humana, más justa y más fraterna. Como señaló el Santo Padre, «la memoria histórica de las procesiones del Corpus Christi no se deja aprisionar por un recuerdo nostálgico; se convierte, en cambio, en una invitación para el hoy».

España posee una riqueza espiritual inmensa que ha modelado durante siglos su historia y su cultura. Pero esa riqueza sólo tendrá sentido si sigue siendo una fuente viva para las nuevas generaciones. De ahí la hermosa encomienda que el Papa dirigió a nuestro país: que nuestra religiosidad «no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy».


Una escuela que nos enseñe a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo. Una escuela que nos recuerde que nadie puede honrar sinceramente al Señor mientras desprecia a su hermano. Una escuela donde aprendamos la gratuidad del amor, la entrega generosa y el compromiso con el bien común.

Quienes trabajamos diariamente junto a personas vulnerables, familias con dificultades, mayores solos o personas que han perdido la esperanza, sabemos que estas palabras no son teoría. Son una llamada concreta a hacer visible el amor de Dios allí donde más se necesita.

Por eso, al contemplar este año el paso del Santísimo Sacramento por nuestras calles, pidamos la gracia de convertirnos también nosotros en presencia de Cristo para los demás. Que nuestra fe no quede encerrada en los templos ni en los actos religiosos, sino que se traduzca en cercanía, servicio y fraternidad.

Como concluyó el Santo Padre, «bebamos de nuevo de esta fuente eucarística, que no nos encierra en una devoción privada, sino que nos envía a regar a los hermanos, a las familias, a los pobres, a quienes sufren, a quienes han perdido la esperanza».

Que el Señor nos conceda ser, como Él, pan partido y compartido para la vida del mundo.

Ángel P. Guerrero Clavijo
Paz y Bien.

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